Primavera de 1892. Un hombre joven y delgado, la barba descuidada y la piel macilenta de quien disfruta de una salud precaria es detenido por la policía parisina. Un camarero del restaurante Very, en el que el sujeto estuvo cenando, lo reconoció como el responsable de los recientes atentados contra miembros de la magistratura de la ciudad. Sus características físicas coincidían punto por punto con la descripción puesta en circulación por los agentes de las fuerzas de seguridad. Se llama Ravachol.

El detenido había adoptado el apellido de su madre, pues su padre, apellidado Koenigstein, había abandonado a su mujer con cuatro hijos, dejando al bueno de Ravachol, que entonces cuenta sólo ocho años de edad, como principal sostén de la familia. A los dieciocho, y según propia confesión, habría comenzado a sentirse atraído por las ideas anarquistas y a asistir a reuniones donde se predica el ideario ácrata; como resultado, fue despedido, junto con su hermano, de su trabajo de ayudante de tintorero. Ravachol encontrará más tarde otros oficios, pero ninguno de ellos le procura el dinero suficiente como para librar a su familia de la miseria. Se verá, pues, obligado a conseguir suplementos ilegales. “Robar a los ricos es un derecho de los pobres para librarse de vivir como bestias”, declarará ya en prisión. Se hace ladrón, falsificador, asesino; ejerce incluso de profanador de tumbas.

Un año antes de su detención, la policía montada había cargado en Clichy, por entonces suburbio obrero de la ciudad de París, contra una manifestación dirigida por los anarcos con motivo de la celebración del primero de mayo. En los enfrentamientos, cinco policías sufren ligeras lesiones y tres militantes anarquistas (Descamps, Dardare y Léveillé) resultan heridos de gravedad. Llevados a comisaría, con las heridas aún sangrantes, son brutalmente torturados. Durante el juicio posterior, el fiscal Bulot acusa a Descamps de incitar a los obreros a tomar las armas contra las fuerzas del orden, y pide la pena capital para los tres encausados. El juez que preside la vista, M. Benoist, desestima la petición del fiscal, pero sólo absuelve a uno de los detenidos; los otros dos son condenados a cinco y tres años de prisión respectivamente, la pena máxima en aquellas circunstancias.

– 14 de marzo de 1892. Estalla una bomba en la casa del juez Benoist, en el Boulevard St. Germain.

– 27 de marzo de 1892. Otra bomba estalla en la casa del fiscal Bulot, en la calle de Clichy.

– 26 de abril de 1892. Se celebra la vista contra Ravachol, que se declara autor de ambos atentados. “Mi objetivo era aterrorizar, para obligar a la sociedad a mirar atentamente a aquellos que sufren”, reconoce durante el juicio. Será condenado a cadena perpetua y trabajos forzados.

Otra bomba estalla poco después en el restaurante Very. El vengador desconocido, que quería acabar con la vida del camarero delator, da muerte, por error, a su cuñado, M. Very, dueño del establecimiento. El acto fue saludado por el popular periódico anarquista Le Pére Peinard como ¡Véryfication!
21 de junio de 1892. Comienza la revisión del juicio de Ravachol. Durante todo ese tiempo, la policía tiene ocasión de trazar un historial detallado de la carrera delictiva del encausado: robo de una tumba para apropiarse de las joyas de un cadáver, asesinato de un avaro de noventa y dos años y de su criada, el de las dos viejas dueñas de una quincallería, el de un tendero, etc. Ravachol será condenado a muerte y llevado a la guillotina el día 11 de julio. Tras su ejecución, se popularizará el verbo ravacholiser, que vendrá a significar ‘eliminar a un enemigo’ y una canción callejera, La Ravachole, que cantada con la música de La Carmagnole, repetía en su estribillo:

Llegará, llegará.
¡Cada burgués recibirá su bomba!

DECLARACIÓN DE RAVACHOL CON MOTIVO DE SU PROCESO (1892)

Si tomo la palabra no es para defenderme de los actos de que se me acusa, pues sólo la sociedad, que por su organización pone a los hombres en lucha continua los unos contra los otros, es de ellos responsable. ¿No vemos hoy, en efecto, en todas las clases y en todas las funciones a personas que desean, no diré la muerte, pues esto daña a los oídos, pero sí la desgracia de sus semejantes si ello puede procurarles ventajas? Ejemplo: ¿no hace votos un patrón para ver desaparecer a un competidor?; ¿no querrían todos los comerciantes en general, y recíprocamente, ser los únicos en disfrutar de las ventajas que puede reportar tal género de ocupaciones? ¿No desea el obrero sin empleo, para obtener trabajo, que por un motivo cualquiera aquel que está ocupado sea expulsado del taller? Pues bien, en una sociedad en la que hechos semejantes se producen, no debería uno sorprenderse de los actos del género de los que se me reprochan, que no son más que la consecuencia lógica de la lucha por la existencia a la que se ven empujados los hombres que, para sobrevivir, son obligados a emplear medios de cualquier especie. Y, puesto que cada uno vela por sí mismo, aquel que se ve en la necesidad ¿no está reducido a pensar: “¡Pues bien, ya que es así, no debo dudar, cuando tengo hambre, en emplear les medios que están a mi disposición, aun a riesgo de provocar víctimas! Cuando los patrones echan a los obreros, ¿se inquietan porque vayan a morir de hambre? ¿Se preocupan todos esos que tienen lo superfluo de si hay gentes a las que faltan las cosas necesarias?”

Los hay, desde luego, que procuran socorro, pero son impotentes para aliviar a todos aquellos que se encuentran necesitados y que mueren prematuramente como consecuencia de toda suerte de privaciones, o, voluntariamente, en todo género de suicidios, para poner fin a una existencia miserable y no tener que soportar los rigores del hambre, las vergüenzas y las humillaciones sin número, y sin esperanza de verlas terminar. Tienen así a la familia Hayem y a la señora Souhain, que ha dado muerte a sus hijos para no verlos sufrir por más tiempo, y a todas las mujeres que, en el temor de no poder alimentar a un niño, no dudan en comprometer su salud y su vida destruyendo en su seno el fruto de sus amores.

Y todas estas cosas pasan en medio de la abundancia de productos de toda especie. Se comprenderá que algo así tenga lugar en un país en el que los productos son escasos, en el que hay hambruna. ¡Pero en Francia, donde reina la abundancia, donde las carnicerías están abarrotadas de carne, las panaderías de pan, donde los vestidos, el calzado, se encuentran amontonados en las tiendas, donde hay alojamientos desocupados! ¿Cómo admitir que todo está bien en la sociedad, cuando lo contrario se ve de forma tan clara? Habrá gentes que se lamentarán de todas estas víctimas, pero que os dirán que no pueden hacer nada por ellas. ¡Que cada cual se las apañe como pueda! ¿Qué puede hacer quien carece de lo necesario mientras trabaja si se queda sin empleo? No queda más que dejarse morir de hambre. Entonces se arrojarán algunas palabras de piedad sobre su cadáver. Es lo que he querido dejar para otros. Yo he preferido hacerme contrabandista, monedero falso, ladrón, criminal y asesino. Habría podido mendigar: es degradante y cobarde e incluso está castigado por vuestras leyes, que hacen de la miseria un delito. Si todos los necesitados, en lugar de esperar, tomasen de donde hay y por no importa qué medios, los satisfechos comprenderían quizá más rápido que existe un peligro en querer consagrar el estado social actual, en el que la inquietud es permanente y la vida está amenazada en cada instante.

Se acabará sin duda más rápido por comprender que los anarquistas tienen razón cuando dicen que para tener tranquilidad moral y física es preciso destruir las causas que engendran los crímenes y a los criminales: no suprimiendo a aquel que, antes que morir de una muerte lenta como resultado de las privaciones que ha soportado y tendrá que soportar, sin esperanzas de verlas concluir, prefiere, si tiene un poco de energía, tomar violentamente lo que puede asegurarle el bienestar, incluso con riesgo de una muerte que no puede ser más que un término a sus sufrimientos.

He aquí porque he cometido los actos que se me reprochan y que no son más que la consecuencia del estado bárbaro de una sociedad que no hace más que aumentar el número de sus víctimas por el rigor de unas leyes que persiguen los efectos sin jamás tocar las causas; se dice que es preciso ser cruel para dar muerte a un semejante, pero quienes así hablan no ven que uno no se resuelve a ello más que para evitarlo en carne propia.

Asimismo, vosotros, señores del jurado, que, sin duda, vais a condenarme a la pena de muerte porque creeréis que es una necesidad y que mi desaparición será una satisfacción para vosotros, que tenéis horror de ver brotar la sangre humana, pero que, cuando creyeseis que sería útil verterla para asegurar la seguridad de vuestra propia existencia, no dudaríais más que yo en hacerlo, con la diferencia de que vosotros lo haréis sin correr ningún peligro, en tanto que yo, al contrario, obraba con riesgo y peligro para mi libertad y mi vida. ¡Pues bien, señores! ya no hay criminales que juzgar, sino las causas del crimen por destruir. Al crear los artículos del Código, los legisladores han olvidado que no atacaban las causas, sino simplemente los efectos, y que, en consecuencia, no destruían en modo alguno el crimen; en verdad, al existir las causas, los efectos se derivan siempre de ellas. Siempre habrá criminales, pues si hoy destruís uno, mañana habrá diez que nacerán.

¿Qué hay que hacer, entonces? ¡Destruir la miseria, ese germen del crimen, asegurando a cada uno la satisfacción de todas sus necesidades! ¡Y cuán difícil es de realizar esto! Bastaría con establecer la sociedad sobre nuevas bases, una sociedad en la que todo sería en común, y en la que cada uno, produciendo según sus aptitudes y sus fuerzas, podría consumir según sus necesidades.
¡No se vería entonces a gentes como el ermitaño de Notre-Dame-de-Grâce y otros mendigar un metal del que se convierten en esclavos y víctimas! No se vería ya a las mujeres ceder sus encantos como una vulgar mercancía a cambio de ese mismo metal que nos impide tan a menudo reconocer si el afecto es verdaderamente sincero. ¡No se vería ya a hombres como Pranzini, Prado, Berland, Anastay y otros que, siempre por tener de ese mismo metal, llegan a dar muerte! Esto demuestra que la causa de los crímenes es siempre la misma y que hay que ser verdaderamente un insensato para no verlo.

Sí, lo repito: es la sociedad la que hace a los criminales, y, vosotros, jurados, en lugar de golpearlos, deberíais emplear vuestra inteligencia y vuestras fuerzas en transformar la sociedad. Suprimiríais de golpe todos los crímenes; y vuestra obra, dirigiéndose a las causas, sería más grande y fecunda de lo que lo es vuestra justicia que se rebaja a perseguir los efectos.

No soy más que un obrero sin instrucción; pero, por haber vivido la existencia de los miserables, siento mejor que un rico burgués la iniquidad de vuestras leyes represivas. ¿De dónde tomáis el derecho de matar o encerrar a un hombre que, puesto en la tierra con la necesidad de vivir, se ha visto en la necesidad de tomar aquello de lo que carecía para alimentarse?

He trabajado para vivir y para que viviesen los míos; hasta el punto de que ni yo ni los míos hemos sufrido bastante, me he mantenido eso que vosotros llamáis honesto. Después faltó el trabajo, y con el paro llegó el hambre. Fue entonces cuando esa gran ley de la naturaleza, esa voz imperiosa que no admite réplica, el instinto de conservación, me empujó a cometer ciertos crímenes y delitos que me reprocháis y de los que me reconozco autor.

¡Juzgadme, señores del jurado, pero si me habéis comprendido, al juzgarme juzgáis a todos los desgraciados de los que la miseria, aliada con el natural orgullo, ha hecho criminales, y de los que la riqueza, o incluso el desahogo, habría hecho gentes honestas!

¡Una sociedad inteligente habría hecho de ellos gentes como es debido!