Compartimos una nueva edición de El Sol Ácrata, correspondiente al séptimo número de su tercera época, ejemplar 49, de la segunda quincena de Septiembre de 2022.

Dejamos con ustedes la editorial de este número:

La Carga, cuento de Baldomero Lillo

Los sables salen de las vainas con un claro y vibrante chirrido y los soldados de quepis y dormán azules sueltan la rienda de sus caballos y se precipitan contra el formidable enemigo.

¡Oh! los héroes! ¡Oh! los valientes!

¡Con qué coraje esgrimen la cortante hoja sobre las cabezas inermes, sobre los pálidos rostros de las mujeres, las blancas testas de los ancianos y las rizadas cabezas de los niños!

Nada les detiene. Pasan como un huracán arrollándolo todo bajo los ferrados cascos de sus corceles. El filo de sus sables abate de un golpe los brazos que alzan la callosa mano como un escudo y parte en dos los cráneos que se cobijan bajo la gorra y la chupalla.

¡Y los jefes! ¡Los bizarros oficiales! Vedlos delante de sus valientes, la espada en alto, la mirada centelleante, ebrios de gloria, de heroísmo y de bravura.

¡Qué noble emulación los exhalta! Nadie quiere tener una mancha roja de menos en el dormán galoneado.

Y se miran y se observan, tratando de sobrepujarse en aquél torneo heroico.

Las cargas se suceden cada vez más furiosas. Los aceros zigzaguean como una tempestad de rayos sobre las cabezas que se agachan y las espaldas que se esfuman fugitivas. Una mujer va y viene despavorida en busca del pequeñuelo extraviado. Un soldado sable en mano la persigue, la acosa y, de un golpe, la derriba en tierra. Más allá un niño con la cabeza desnuda, lloroso, como una medrosa bestezuela, corre asustado tratando de escabullirse de aquella masa que lo aprieta y lo estruja. Por fin, lo consigue y pasa a la carrera frente a un pelotón de infantes a cuyo frente está un joven oficial con la espada desenvainada, impaciente y nervioso por probar sus bríos en la contienda. Las proezas de sus camaradas inflaman su valor y arde en deseos de distinguirse ante los jefes. Ve al pequeño que huye y corre tras él. Alza el brazo armado y lo descarga sobre la nuca infantil con firme y certero pulso. La víctima, con los brazos extendidos hacia adelante, cae de cara contra la tierra y queda inmóvil en el suelo enarenado.

Y sobre las hojas secas de las encinas, bajo el cielo pálido, brumoso de la tarde, la turba ruge y se enfurece y los sablazos fulguran y caen como recia y tupida granizada.

¡Qué espectáculo tan noble, tan viril, tan elocuente! De un lado la fuerza, la inteligencia armada; del otro el número, la masa inconsciente y torpe.

¡Y qué prodigio tan maravilloso obra en el hombre la disciplina! Esos soldados ayer no más formaban parte de esa multitud anónima y sus manos que hoy empuñan la cuchilla del verdugo, guardan aún las señales indelebles del martillo y de la azada. Bastó solo el uniforme para que se abriera un abismo entre ese hijo y sus padres, entre el hermano y sus hermanos. El paria, el explotado de ayer sablea hoy y degüella sin misericordia a los que hace poco eran sus iguales y que, en el tugurio o en el rancho, compartían sus trabajos y sufrían su miseria.

Sí, ese jinete que revuelve con tan fiero gesto su cabalgadura entre la multitud tiene también allá, en el suburbio, en un cuartucho miserable, seres queridos, una mujer y unos hijos que mañana cuando sean hombres estarán también ahi entre la turba que vocifera y aulla. Mientras que otros o tal vez alguno de los mismos acuchillará a sus hermanos, ahogando en su propia sangre sus gritos de rebelión, de justicia y de protesta.

Pero el no delibera, no piensa. La férrea disciplina rompió el lazo de solidaridad con los suyos y ahogó en su corazón todo sentimiento que no sea el de la obediencia pasiva. Ha dejado, pues, de ser un hombre para ser una cosa, una máquina. Y la voz de mando espolea, arremete, atropella y mata. ¿Por qué? No lo sabe y tal vez no lo sabrá nunca.

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