violenciaA raíz de los últimos acontecimientos que dan cuenta de la violencia sistemática del patriarcado hacia las mujeres, quienes continúan siendo asesinadas, torturadas y violadas, con el encubrimiento de la sociedad, reproducimos el siguiente artículo, aparecido en la última edición de nuestro periódico, el cual da cuenta de una acción de memoria, llevada a cabo por el Colectivo Qispy Wayra en Antofagasta, quienes visibilizan estos hechos a través de una intervención en las calles. 


En el marco de una nueva conmemoración del golpe de Estado de 1973, el pasado viernes 9 de Septiembre, la colectiva Qispiy Wayra realizó una intervención callejera en el centro de la ciudad de Antofagasta. Con información sobre las formas de tortura utilizadas, relatos de mujeres sobrevivientes a estas experiencias y una performance, la acción tuvo como objetivo visibilizar la violencia política sexual que enfrentaron las mujeres durante la dictadura cívico-militar chilena.

La represión dirigida hacia mujeres por su militancia política o por su vinculación con algún hombre que representaba un peligro para la dictadura incluyó, entre otros métodos de tortura, la obligación de presenciar la violación de familiares o de otras detenidas, la introducción de diversos objetos –incluyendo ratas, arañas u otros insectos- en ano y vagina, violación con perros especialmente adiestrados para ello, violaciones que resultaron en embarazos y abortos. Así, la violencia política sexual incluye diversas manifestaciones de coacción dirigidas de forma diferenciada hacia las mujeres. Se trata por lo tanto de un dispositivo de disciplinamiento y normalización de la conducta que está dirigido a mermar la identidad sexual a partir del cuerpo y castigar a cualquier mujer que se desvíe de las expectativas impuestas por el patriarcado, y que encuentra aquí su expresión histórica bajo la forma de una tortura diferenciada.

Lejos de circunscribirse únicamente al período 73-90, se trata de una forma de violencia que las mujeres seguimos viviendo hoy en día; hecho que se ha vuelto notorio a partir de las manifestaciones del movimiento estudiantil. Las agresiones por parte de Carabineros evidencian que tocaciones, desnudez forzada, golpes e insultos de connotación sexual, entre otras prácticas, constituyen a la violencia política sexual como una política de Estado que permanece intacta en sus instituciones, en tanto es una práctica racionalizada y sistemática.

Bajo el entendido de que no basta con defender la vida desde la mera perspectiva orgánica como muchos sectores conservadores pretenden, sino que es necesario defender una vida “vivible” y digna, las luchas por la autogestión del cuerpo y la identidad, el derecho al aborto libre y autónomo y el fin a la violencia política sexual resultan imprescindibles en el contexto necropolítico que configura nuestra experiencia actual, entendiendo este como aquel en que las formas de dominación se despliegan para la destrucción de las personas, creando así mundos de muerte, que constituyen una forma de existencia social en que la vida es precarizada al punto en que nos convertimos en muertos vivientes. Vale decir, un contexto en que la vida se “defiende” en condiciones económicas y socio políticas que atentan contra ella misma, reduciendo vida a mera sobrevivencia.

En este sentido, la visibilización de las prácticas necropolíticas –como la violencia política sexualapunta a la toma de conciencia de que, tanto bajo el estado de excepción conservador cívico-militar así como también bajo la dictadura del mercado de administración democrática, la violencia de connotación sexual ha sido, y sigue siendo hoy, una práctica sistemática del capitalista y patriarcal Estado chileno. Y es que no es solo el cuerpo individual el que es torturado y disciplinado, sino el cuerpo colectivo de la comunidad en que se despliega nuestra existencia. Porque por cada una de ellas, nos tocan a todas también.

Nómada