AguaNota El Sol Ácrata: Compartimos este artículo, elaborado por Colectivo El Kintral y publicado en Mingako n°2, el cual aborda el ciclo hidro-social y cómo este es configurado a partir de lógicas neoliberales de poder, que asentadas en el colonialismo legitiman y justifican el saqueo del agua y de los territorios. ¡ A compartir, debatir y seguir luchando!


En el norte semiárido, el control de las rutas y los ritmos del agua, opera como eje articulador entre territorialidades diversas, que luchan por materializarse. Las territorialidades son lógicas particulares de apropiación del espacio, que conllevan determinados proyectos de orden social. Es en la disputa cotidiana entre territorialidades de carácter local, regional, nacional y global, que se configuran los territorios, y por ende, las relaciones sociales e identidades que ahí se despliegan. Los territorios, por tanto, son construcciones políticas, que encadenan -material y simbólicamente tiempos y espacios.

Pensar políticamente los territorios, supone disolver la dicotomía naturaleza/sociedad, y atender las complejas dinámicas de poder que regulan el acceso, distribución y valoración del agua. En este sentido, asumimos la noción de ‘ciclo hidrosocial’ como herramienta analítica para desnaturalizar el déficit hídrico. El ciclo hidrosocial, complejiza la visión tradicional del ‘ciclo hidrológico’, al considerar el rol de los actores sociales y las instituciones, que a través de entramados legislativos, obras hidráulicas, prácticas y discursos, gestionan el acceso al agua (Budds, 2012). De esta manera, el foco de análisis se desplaza desde las variables hidroclimáticas, a las políticas y culturales.

Desde esta perspectiva, el problema de la sequía no se reduce a la disponibilidad física del recurso, ni se explica en función de la falta de lluvias; sino de las condiciones sociales de acceso y distribución. El problema, entonces, es la desigualdad, no la carencia. De hecho, la falta de lluvias es un fenómeno inherente al semiárido, pero también una condición de posibilidad para el desarrollo de complejas estrategias de territorialización, como el uso rotativo y vertical de ‘nichos ecológicos’ de cordillera a mar, las tecnologías de conservación de alimentos y la gestión comunitaria de la tierra. Pero hoy en día, estas estrategias ya no suficientes, y en algunos casos, no son siquiera posibles, por la imposición de una territorialidad neoliberal, que desconociendo las dinámicas locales, transforma estos espacios en ‘enclaves productivos’ articulados a las dinámicas globales de acumulación capitalista.

En términos generales, la territorialidad neoliberal expresa un orden mercadocéntrico, donde es el mercado el que regula las relaciones sociales, y aquellas entre sociedad y naturaleza. Este modelo cultural, define el agua como ‘insumo’ productivo, y promueve su privatización y concentración oligopólica. Las dinámicas de poder neoliberal, reproducen un orden antropocéntrico y etnocentrista. Antropocéntrico, en tanto, la naturaleza es cosificada y explotada en función de la ganancia inmediata, sin considerar sus ciclos biofí- sicos de regeneración, y etnocentrista, pues la extracción intensiva de la naturaleza, genera ‘zonas de sacrificio’ donde la vida digna ya no es posible; zonas que tienden a coincidir con pueblos y comunidades excluidos y vulneralizados por la modernidad capitalista. Así, las dinámicas de poder neoliberal densifican relaciones históricas de dominación/subordinación.

Siguiendo estos argumentos, podemos plantear que nuestro ‘ciclo hidrosocial’ se configura a partir de lógicas coloniales, que legitiman el sakeo. Efectivamente, la territorialidad neoliberal, despoja a las comunidades locales de los medios que permiten la reproducción de la vida, pero también de sus prácticas, saberes, tecnologías y proyectos de futuro. En una sociedad mercadocéntrica, todo puede ser cosificado y valorizado, o desvalorizado, en el juego de ofertas y demandas. Para comprender cómo se configura esta territorialidad neoliberal, destacamos las siguientes dinámicas de poder hídrico:

a) La concentración oligopólica de los derechos de agua.

En Chile, el Código de Aguas de 1981 instala un régimen de distribución que entrega el dominio del agua superficial a particulares a través de los denominados ‘derechos de aprovechamiento’. Estos derechos se concretan en acciones de agua, que se traducen en metros cúbicos de agua por segundo, en lo concreto, para los agricultores la acción es ‘tiempo de riego’. La misma lógica privatizadora regula el acceso a las aguas subterráneas, pues los pozos extractores son inscritos como ‘propiedad privada’ en el Conservador de Bienes Raíces. Este proceso se articuló y potenció con una contrarreforma agraria que liberalizó el mercado de tierras. El modelo concentra los derechos de agua en grupos empresariales, que al controlar el agua controlan el territorio. El entramado jurídico que avala este sistema de propiedad, así como los actores empresariales que lo materializan, son elementos constituyentes de nuestro ‘ciclo hidrosocial’, pues el agua fluye, pero al ritmo del dólar y en dirección al norte.

b) La promoción de la “eco-eficiencia” neoliberal.

La territorialidad neoliberal impone criterios de eficiencia que se sustentan en la optimización focalizada del agua, cuya connotación de insumo industrial, se superpone a las visiones productivas tradicionales. Desde esta perspectiva, se promueve un imaginario desarrollista. Perspectiva que se sintetiza, por ejemplo, en la imagen del ‘riego por goteo’ que se presenta como respuesta del agronegocio en el campo y las desaladoras del borde costero, que se supone mitigarían los impactos de la megaminería. Gracias al riego tecnificado, las grandes extensiones de cerros verdes, imagen del desarrollo deseado, contrastan con la aridez que amenaza la agricultura familiar campesina y, un poco más lejos, a las prácticas de subsistencia del secano. En este caso, claramente, el ‘ciclo hidrológico’ naturalizado, no logra explicar las dinámicas de una cuenca que ha sido moldeada por la lógica del enclave.

c) La promoción de una “asociatividad neoliberal” regulada por las instituciones públicas y dependiente del mercado.

Los sentidos asociativos tradicionales, han sido desplazados por una asociatividad de carácter neoliberal, planteada como un agregado de sujetos que buscan incrementar sus ganancias individuales. Este tipo de asociatividad es inherente al mercado, pues surge de la necesidad de sumar esfuerzos para alcanzar la competitividad que no se ha logrado individualmente. Mediante instrumentos públicos, el Estado invita a la sociedad civil a organizarse adoptando la racionalidad empresarial. Como respuesta, se han multiplicado las organizaciones normadas institucionalmente, ampliando el rango de clientes en competencia por los fondos públicos. Con el estímulo de las políticas neoliberales los lazos asociativos se nos muestran coyunturales, precarios y dependientes de las presiones del mercado; ámbito donde los sujetos se individualizan y vinculan a partir del consumo.

d) La dicotomía público/privado como esquema de relaciones entre Estado y sociedad.

La gobernabilidad y, específicamente, los vínculos entre el Estado y la sociedad civil chilena se sostienen en la distinción tajante de dos ámbitos de acción: lo público y lo privado. En dicho esquema el Estado, como referente del bien común, se posiciona como defensor de los intereses públicos, mientras al resto de actores se atribuyen intereses privados. Este orden dicotómico cumple varias funciones, por ejemplo: (a) Niega a organizaciones civiles la representación de intereses de bien público, más allá de los sectoriales; (b) Homogeniza lo diverso y desigual, al aglutinar en la categoría “privado” tipos tan diferentes como una minera transnacional y un Comité de agua rural; (c) Invisibiliza las asimetrías de poder entre aquello que se ha definido como privado; y (d) Minimiza los discursos alternativos y disidentes que no se sienten representados por el Estado. La experiencia muestra como el modelo dicotómico promueve vínculos excluyentes, manteniendo las asimétricas relaciones de poder que explican, en gran parte, el problema del agua.

En su conjunto, estas dinámicas de poder reproducen la desigualdad en el acceso al agua, mientras unos concentran agua, otros viven el despojo. La territorialidad neoliberal constituye, entonces, territorios sakeados, pero no solo de agua, pues sin el control de este recurso, las comunidades pierden también sus fuentes productivas, los saberes asociados y la capacidad de organizarse con autonomía.

Por Colectivo El Kintral