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Pedro es un tipo normal. Come lo mismo que come todo el mundo. Trabaja el mismo tiempo que todo el mundo. Para ir a su trabajo, se demora dos horas en micro, levantándose todos los días a las 5 de la mañana y acostándose a las 12 de la noche. Es el sustento familiar como muchos, tiene un par de hijos y una mujer, que aunque sumisa y callada, es buena de corazón. Pedro es machista como todo el mundo, va el domingo al estadio a ver a Magallanes, y cuando no juegan de local, pone el CDF y bebe una cerveza mientras aprecia el espectáculo, mientras la esposa limpia y hace el almuerzo, mientras los cabros chicos juegan con el perro. Pedro es un tipo normal.

Pedro era tan normal que un día se metió al sindicato. Allí descubrió otra visión del mundo. Jamás le gustó la política ni mucho menos ahora le gustaría. Izquierda y derecha eran cosas extrañas a él. El marxismo era para intelectuales, el anarquismo poco realista. Pedro solo sentía algo, o lo había empezado a sentir: odio, odio hacia esa industria que le robaba la vida, la misma por la que había dado sus mejores días y que lo único que le devolvía era un mísero salario. Empezó a agobiarse, a tener pesadillas, la más recurrente era una en la que la máquina industrial lo devoraba, separaba su cuerpo en carne y huesos, a la vez que los restos que quedaban de él eran una longaniza hecha con su carne y un par de huesos que eran roídos por perros.

Un día despertó a medianoche, transpirando y asustado. Sentía que la máquina industrial le estaba robando todo. Ya ni siquiera expresaba sentimientos. El amor por su mujer y sus hijos se había desvanecido hace mucho tiempo, su vida no tenía sentido, hace casi 6 meses que no reía a carcajadas, es decir, su vida era una mierda. Se abrigó bien y salió a caminar. Respiraba a la vez que ordenaba sus ideas. Recordó que en su pantalón llevaba un par de pesos y, tal cual como el fósforo enciende la llama de la cocina, en el nació una idea. Encaminó sus pies rumbo a la bencinera. Compró bencina, no mucha, pero lo suficiente para sus propósitos. Tomó una micro y luego de dos horas de viaje ya estaba en su destino. La bencina ya empezaba a desprender su olor adictivo, a la vez que Pedro tomaba cierta distancia. De pronto la noche se hizo día, y un incendio feroz se desata en la industria donde trabajaba Pedro. Llegaron los bomberos, los vecinos salieron a ver qué pasaba, algunos trabajadores llegaron, la vieja sapa del barrio le avisó a la yuta. La sirena de la yuta se abrió paso entre el tráfico para ver que sucedía. Todos ayudaban, con sus rostros impotentes, para poder apagar el incendio en la fábrica. ¡Hay que salvar la industria, hay que cuidar el trabajo!, decían los obreros que llegaron a ver qué pasaba. Entre todo ese caos, entre todos esos rostros impotentes, asomaba uno, radiante y feliz, como nunca, y que luego de 6 meses volvía a reír a carcajadas. Ese rostro era el de Pedro. Su venganza había sido consumada, la industria ardía.

Escrito por Cristian Battaglia.

Publicado en El Sol Ácrata N°20, octubre de 2013.