esaPor Amelia Ayelén (escrito desde Chillán).

Es cierto que vivimos en tiempos violentos y no precisamente en el buen sentido (sí, existe un buen sentido). Es cuestión de salir a la calle, ser empujado o en el peor de los casos incluso insultado por quien apenas accidentalmente rozaste, o también podemos quedarnos dormidos por las noches con el noticiero que por muy sensacionalista que es, narra hechos de violencia domestica día tras día. Esto no es casualidad y si vamos al fondo del problema nos encontraremos con la misma raíz de todos los males que nos acechan; el principio de autoridad y una sociedad extremadamente enferma.

A veces para algunos les es bastante fácil criticar y hacer juicios en torno a quien ejerce la violencia explicita dentro de los hogares, que comúnmente por cuestiones físicas resulta siendo el hombre, pero esto no debiera ser analizado de manera tan superficial puesto que tras toda mujer maltratada, niño maltratado y agresor existe una realidad y un contexto que es lo que realmente debiera ser puesto en tela de juicio.

El análisis que buscamos plantear desde una perspectiva netamente antiautoritaria no viene a justificar a ningún agresor o agresora, tampoco quiere ayudar en la victimización de aquellos que la sociedad no inocentemente ha establecido como “inferiores”, entiéndanse las mujeres y los niños. Lo que realmente buscamos es enfatizar en la mirada crítica hacia el verdadero fondo de cada agresión que sucede en la sociedad, y como ya lo dijimos al principio, estamos convencidos que tiene que ver con el autoritarismo del cual la sociedad durante tiempo inimaginable se ha sustentado y ha promovido.

Desde que nacemos se nos moldea con la idea de las jerarquías, de la obediencia, del castigo, entre otros factores que junto con buscar esclavizarnos y etiquetarnos como sujetos funcionales a la sociedad pretenden reprimir nuestros instintos naturales, nuestra curiosidad creativa, y más grandes nuestra sexualidad. Es así como todas estas formas de dominación contra nuestros cuerpos y mentes desde el nacimiento no pasan inadvertidas a nuestro cerebro, creando serios problemas mentales que en etapas futuras como la juventud o la adultez tienden a convertirse en depresiones, trastornos de la personalidad, lo que en definitiva termina siendo un débil autoestima que como única forma de defensa se manifiesta en arrogancia, irritabilidad y temperamento violento.

Entonces a partir de muchos factores en relación al contexto represor que nos acompaño en la crianza de niños a jóvenes y de jóvenes a adultos (1), es una de las grandes causas del porqué el ser humano manifiesta violencia contra sus pares, podríamos decir citando algún psicólogo formal; “es lo único que conoce”. Pero también mucha influencia en el desarrollo de individuos violentos con sus pares tienen los medios masivos de comunicación y entretención que ofrece el sistema dominante, es cuestión de preguntar en alguna tienda los videojuegos más vendidos o en alguna revista de televisión, los programas más vistos, y nos encontraremos con la no confortante respuesta de que lo que más vende en la sociedad es la violencia.

Pero a pesar de escenarios tan adversos para terminar con la violencia entre nosotros que nos entendemos como los oprimidos de opresores que se jactan de estar por mucho más arriba, si creemos en su completa eliminación. Es a partir de un cambio de consciencia colectiva basado en el amor, la libertad, el apoyo mutuo, el afecto y socialización real y no virtual que la violencia en los hogares y grupos de afinidad puede terminar.

Nota:
(1) Solo se usaron etiquetas que nos ofrece la psicología para el entendimiento del texto, no compartimos la idea de etiquetar las edades o el desarrollo de las personas.

Publicado en El Sol Ácrata N°17. Junio – julio de 2013.