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Digo que es breve porque evito contar varios datos puntuales del contexto histórico que cita Bayer. Pero es importante saber que en los primeros veinte o treinta años del siglo XX, el anarquismo tenía un vital arraigo en el movimiento obrero argentino y dentro de las ideas libertarias se había abierto una fuerte brecha entre dos tendencias: los organizacionistas (F.O.R.A., periódico “La Protesta” etc.) y los individualistas. Estos últimos más proclives a la acción directa contra el capital y los intereses de la burguesía. Y cuando se manifiesta acción directa se habla desde atentados con bombas a bancos o embajadas hasta asaltos a entidades estatales o de capital privado. Estas acciones los hicieron ser identificadas (por la prensa y hasta por los propios adversarios dentro del anarquismo, que no adherían al uso de cualquier medio para el fin revolucionario, como “La Protesta”) como anarquistas expropiadores y hasta “anarquismo delictivo”, una contradicción rara de parte de cierta moralina en el movimiento libertario.

Dos de los hombres más trascendentes en la realización de estas acciones fueron Severino Di Giovanni (sobre el que Bayer también tiene un libro, “El idealista de la violencia”) y el que nos interesa, Miguel Arcángel Roscigna.

Roscigna no era un desconocido antes de sus golpes. Siempre se identifico con el anarquismo individualista y ejemplo de ello es su férrea crítica al resto de los ácratas que formaban parte en Buenos Aires del “Comité de acciones antifascistas” junto a socialistas, liberales, y en especial, comunistas ya que no podía entender como se compartía espacio con quienes defienden a los verdugos de sus compañeros en Rusia (Por ejemplo la masacre de Kronstadt).

Miguel Arcángel Roscigna era herrero de obra, un obrero metalúrgico excelente y hasta bien considerado por su patrón. Que jamás falto a su labor, más allá de sus compromisos gremiales o políticos y siempre estuvo junto a su familia.

En el libro se destacan dos opiniones sobre el. La del anarquista Gino Gatti, quien dice: “La vida de Miguel Arcángel Roscigna, vista ahora a la distancia, fue un verdadero poema épico, un canto a la solidaridad”. Otro, Emilio Urondo, lo describe como:”El más inteligente de todos los anarquistas de acción, el más desinteresado, un hombre que en la vida burguesa hubiera podido vivir una existencia cómoda y sin sobresaltos, pero que prefirió abandonarlo todo para jugarse por la idea.”

La década del 20 es tal vez la de mayor cantidad de golpes expropiadores y varios (como el asalto a la estación de subte Primera Junta o al Banco Provincia de San Martín, donde murió un empleado) llevados adelante por el mismísimo Buenaventura Durruti, figura emblemática (a pesar de negar líderes, ídolos y mártires) de los anarquistas en la revolución española. Roscigna fue parte del asalto al banco de S. Martín. Y eso “Orden social”, la división policial creada por Ramón Falcón y encargada de reprimir anarquistas, lo sabía. Por eso lo buscan. Las pruebas en su contra eran inexistentes y las detenciones que sufría Roscigna no dejaban nada. Es más el negaba seguir siendo un libertario, que eso fue en su juventud y que a los 36 años solo piensa en dedicarse a criar gallinas. Roscigna podía morir, pero no hablaría jamás. El subcomisario Basso le dio una advertencia con tono de ultimátum: “Tenes tres posibilidades: O ir a criar gallinas a la Quiaca, meterte en un seminario y estudiar de cura o directamente suicidarte, así nos ahorrás el trabajo, porque la próxima vez que te encontremos en alguna calle de Buenos Aires te baleamos, te ponemos una pistola en la mano con cápsulas servidas y te caratulamos resistencia a la autoridad”.

Pero a Roscigna, lejos de acobardarlo, lo desvelaba no detener la cadena solidaria con sus compañeros presos, ya que las partidas de dinero para ellos estaban escaseando y, además, tenía la firme idea que no era suficiente la ayuda moral. Que hacía falta una acción concreta como ayudar a conseguir la verdadera libertad, es decir, escapara de prisión. Roscigna era altamente metódico y detallista. Sabía que esto no podía hacerse solo por impulso y que, además, necesitaba de fondos importantes. Fue así que planeó, rodeándose de hombres dispuesto, el asalto más importante del anarquismo expropiador.

El 1º de octubre de 1921, asaltan a los pagadores del Hospital Rawson. En la acción matan a un policía, Francisco Gatto. El botin es muy bueno: casi $140.000. Roscigna sabe que debe huir, más allá de las distracciones, y lo hace hacia el Uruguay. La policía, mediante un soplón sigue el rastro pero los pierde de vista en el otro país.

La prensa burguesa hace una novela de la persecución frustrada a los anarquistas e incluso los dos diarios libertarios más importantes se pelean. “La Protesta”, con la firma de Diego Abad de Santillán, dice que el “anarcobanditismo” es una plaga y desde la Antorcha, González Pacheco, duda de la veracidad de la acusación sobre los ácratas y si así fuera cuestiona el juicio de sus otros compañeros, por considerarlo “puritano y legalista”.

Roscigna planea ahora, con la mayor cautela posible, actuar a partir de la falsificación de billetes, lo que el consideraba calve para debilitar el capitalismo. Pero muy a su pesar, recibe la visita, por invitación de Durruti, de tres catalanes muy dispuestos a la acción pero poco prudentes. Su afán de disparar, a pesar de las recomendaciones de Roscigna, pudo más y encabezaron en Montevideo, uno de los atracos más desastrosos para el anarquismo y en especial para los estudiados planes de Roscigna. Los catalanes asaltan por las suyas la casa de Cambio Messina del centro de Montevideo. Se llevan el pobre botin de cuatro mil pesos uruguayos y matan a tres personas. Esto no hace más que desencadenar una caza sobre todo lo que huela a anarquista (o incluso extranjero) con el torturador comisario Pardeiro a la cabeza.

Éste ubica por algún confidente, la casa en la que se encontraban los hermanos Moretti (quienes habían huido con Roscigna tras el asalto al Rawson) y los tras catalanes en Montevideo. Antonio, uno de los Moretti, prefiere suicidarse a caer en manos policiales. Su hermano Vicente resiste las torturas, pero no revela la ubicación de Miguel. Sin embargo, el dueño de la casa en la que se refugio, revela al comisario haberlo visto en la ciudad y esto no hace más que cerrar el cerco sobre él. Roscigna regresa a Buenos Aires, con el riesgo que eso implicaba, pero con la firme convicción de realizar nuevas acciones expropiatorias con el fin de juntar fondos para la fuga de sus compañeros del penal de Punta Carretas en Montevideo. Así asalta en febrero de 1929 Establecimientos Kloeckner y en octubre de 1930, junto a Severino Di Giovanni y en plena dictadura de Uriburu, al pagador de Obras Sanitarias. Se llevan $280.000. Mas de la mitad de esa plata la emplean en Montevideo para el plan de fuga. Un plan como pocos se conocen.
En agosto del 29, el matrimonio italiano Gatti y su hija, llegan a la capital oriental y se instalan frente al penal de Punta Carretas con una carbonería, llamada “el buen trato”. En poco tiempo se ganan el afecto y respeto de sus vecinos gracias a su cordialidad. Nada raro habían visto en ellos lo policías que investigaban a cada uno de los que se instalaban en las inmediaciones de la cárcel. Siempre se los ve trasladando bolsas de su comercio en carretillas. En marzo del 31, el matrimonio decide partir, para tristeza de sus vecinos. Pero el 18 de ese mismo mes, por lo fondos del galpón que era de los Gatti, denuncian ver un grupo de personas saltando por sus muros. El plan había funcionado. Eran los reclusos anarquistas del penal que gracias a una extraordinaria obra de ingeniería llevada a cabo por Gino Gatti, Miguel Arcángel Roscigna y otros, estaban en la calle. El túnel era un pozo profundo perfectamente iluminado, cuadrado de dos por dos, apuntalado por maderas y una escalerilla. De allí comienza un túnel de 50 mts de largo. “Una persona de mediana estatura podía caminar en el”. Tiene iluminación eléctrica, caños de ventilación, cada 20 mts. hay campanilla que emiten señales desde la entrada.

Sin embargo, para Roscigan las cosas no serian tan fáciles de ahí en adelante. Tras la fuga, todos toman rumbos diversos. Miguel y Moretti se instalan en una casa que creen segura en Montevideo. A pesar de disimular con su aspecto, la presencia de Resigna despierta sospechas, por ejemplo, en el canillita de la cuadra. Pero no dan con el anarquista. Sin embargo, es de la forma más casual como termina la libertad para ellos.
Un ex preso de Punta Carretas, José Sosa, trabaja de perrero y vas tras un perrito para enjaularlo. Fiel a su espíritu libertario, el animal escapa metiéndose en la casa de Roscigna y Moretii, quien esta descansando en el patio. El perrero se mete para atraparlo y recibe la solicitud de dejar al pichicho por parte de Moretti. Sosa reconoce a ese hombre de su paso por prisión y sale disparado a avisar a la comisaría. La captura se produce y toma desprevenido a los libertarios.

La prensa en general se da un festín con el hecho. Junto a Roscigna y Moretii caen el resto de los ideólogos de la fuga.

A Roscigna lo exponen a las preguntas periodísticas como en un circo romano. Saben que es corto de vista y le quitan los lentes. Es prudente para hablar, salvo de la policía: “Son los sirvientes mal pagos de los explotadores y los burócratas del poder”. Explica su modo de vida de la siguiente manera: “Alguna vez se hará justicia con los anarquistas y sus métodos: nosotros no tenemos a nadie que nos financie nuestras actividades, como la policía es financiada por el Estado, la iglesia tiene sus fondos propios, o el comunismo tiene una potencia extranjera detrás. Por eso, para hacer una revolución, tenemos que tomar los medios saliendo a la calle, a dar la cara”.

En Argentina el comisario Bazan y el Ministro del Interior de Uriburu, Matías Sánchez Sorondo, apuran los trámites de extradición para terminar con el caso Roscigna como hicieron con Di Giovanni. Paredón, cuatro tiros y a otra cosa. Pero Roscigna se hace cargo de sus actos en Uruguay y estira su vida a seis años, aunque en prisión uruguaya. Mientras tanto se producen actos de vindicación anarquista. Esto es: ataques concretos a policías y militares, sus enemigos directos.

Entre ellos el del mayor del Ejercito José W. Rosasco, designado por Uriburu “Interventor policial de Avellaneda”, una zona obrera y con claro propósito de reprimir anarquistas. El autor es el marinero Timonel Juan Antonio Morán. Lo mata de cinco balazos. Cae en prisión y el 10 de mayo del 35 es puesto en libertad. El 12 aparece muerto en un camino de Gral. Pacheco con un tiro en la nuca y torturado brutalmente.

El 31 de diciembre del 36 finaliza la pena de Roscigna en Uruguay y hay un acuerdo tácito entre las dos policías (Argentina y uruguaya) para sortear la negativa de extradición de la Justicia de Uruguay. Le aplican la Ley de “Indeseables” y lo expulsan a Argentina. En el vapor que los traslada no lo dejan moverse. De la Dársena va a la jefatura Central en donde les toman declaración a los tres liberados. Por falta de pruebas lo sobreseen a él y al resto. Pero de allí no volverán. La hermana de Rosigna junto a gente de la Comisión Pro Presos intenta averiguar el paradero de Miguel Arcángel (Un nombre demasiado católico). La manada a la Plata, de allí a Avellaneda y luego a Rosario. Sabe que se burlan de ella, su hermano “desapareció”. En algún momento dicen haberlo visto en Dock Sud, pero fue una falsa alarma.

Varios meses después de la desaparición, un oficial de Orden Social le dice a miembros de la Comisión Pro Presos: “No se rompan mas muchachos, a Roscigna, Vázquez Paredes y Malvicini los fondearon en el Río de la Plata.”

Bayer dice a esto: “Hasta hoy no ha podido ser dilucidado este oscuro episodio. Nunca fueron encontrados lo cadáveres. Tal vez tampoco nunca se conozca la verdad. Roscigna, Vázquez Paredes y Malvicini fueron los tres primeros “desaparecidos” por el terrorismo de Estado argentino. Método que luego aplicaron por miles lo militares, marinos y aeronáuticos durante la dictadura de Videla.”

Perón, ese “líder de los trabajadores”, en el año 1947 premio al comisario Bazan, perseguidor y asesino de trabajadores, y lo nombró Sub Jefe de la Policía Federal. Tiempo después, tras su derrocamiento desempeñó “tareas diplomáticas” y a su muerte fue el único funcionario peronista que La Prensa elogió por su influencia en la Ley Bazan.

Tomado desde Diario de una Poeta Mala