229113_f260Escrito por Carlos Lagos P.

Desde hace algunos años abundan los atentados explosivos reivindicados por grupos insurreccionalistas, y las discusiones a propósito de esas acciones y de la ideología que las anima. Esa confrontación entre “organizacionistas” y partidarios de la violencia apunta hacia un callejón sin salida: a la desesperación temeraria de unos se opone la lucidez resignada de los otros, dejando en el aire la sensación de que si uno rechaza el capitalismo está obligado a elegir entre ser un forajido o un devoto de la organización. Ambos puntos de vista reflejan el peso muerto dejado por las ideologías revolucionarias del pasado, todas ellas variaciones de la misma vieja melodía socialdemócrata: “las masas han de ser despertadas, organizadas y movilizadas para que hagan lo que no podrían hacer dejadas a su propia suerte”. Sobre ese tema de fondo desvarían los abnegados organizadores de masas y los impacientes niños salvajes, comprometidos cada cual con los medios que consideran mejores – aparatos organizativos o bombas, da igual – para alcanzar el mismo fin: hacer que otros hagan lo que no han hecho y deberían hacer.

El problema no es sólo que se asuma esa posición omnisciente respecto a la lucha de clases, sino que el que la asume se obliga a definir por cuenta propia qué es lo que el proletariado debería hacer, cómo debería hacerlo y cuándo. Esa pretensión es exactamente la misma que animaba al socialismo lasalleano y al kautsky-leninismo engendrado por él: los intelectuales, portadores de la ciencia socialista, sabían mejor que el proletariado lo que el proletariado debía hacer para emanciparse. Los insurreccionalistas, por su parte, desprecian la intelectualidad tanto como los bolcheviques la veneraban, pero eso no dice nada en su favor: sólo han seguido la tendencia dominante en esta época. La ideología insurreccionalista, de hecho, al venerar la acción directa y autosuficiente, invocando a cada paso la rebeldía pura y la libertad indomable, es una de las ideologías más políticamente correctas de hoy: su fuente de legitimidad es la ideología de la “naturaleza salvaje”.

Así que hay una continuidad esencial entre la ideologia revolucionaria de 1910 y la del 2010, ambas condenadas, por su propia naturaleza, a servir a la contrarrevolución. No hay que ser demasiado sagaz para percibir cómo en los ambientes radicales los antiguos adeptos del vanguardismo leninista, ahora reconvertidos en anarquistas insurreccionales, hacen sentir el peso muerto de su historia de fracasos. Ya sea que defiendan la organización formal o la “afinidad”, su discurso y su práctica parten siempre de la misma perspectiva alienada: al proletariado uno se acerca, le despierta, le venga, le hace actuar… en nombre de sus intereses y desde una posición exterior. Es así, y por más que algún insurreccionalista actualizado invoque la concepción inmanente del comunismo (“cada acto es expresión del movimiento real”, etc.), esto no pasa de ser una justificación a posteriori y sin fundamento: lo que tiende al comunismo no lo hace por obra y gracia de las intenciones que uno declara tener, sino por el significado objetivo, social, de sus actos. Por más convencida que una persona esté de sus razones, éstas no valen nada si no son contrastadas con las razones del resto: la razón, como la lógica y el pan de cada día, es un resultado social.

«Communis. Echemos una mirada atenta a este adjetivo latino. Communis significa “común”, “universal”, “generalmente compartido”. Munia significa “deberes”, “mandatos públicos”, “tributos”, “impuestos” y cualquier tipo de servicio o responsabilidad civiles para con la comunidad. Por lo tanto Cum munis significa “con deberes”, “con obligaciones”, “con compromisos”, vale decir, estar sujetos a formar parte de la vida de una comunidad regulada. Muy curiosamente el antónimo de Communis es Immunis, que significa “sin deberes”, “libre de compromisos”, “libre de aranceles”.» (Wu Ming, La partícula mu en la palabra “comunismo”)

La ideología insurreccionalista es un himno a esa libertad libre e inmune. Para el que ha “pasado al ataque” todo se trata de su personal duelo con las fuerzas represivas. Fuera de esa aventura individual y grupal, no hay nada. Nada que tomar en cuenta, nadie con quien ponerse de acuerdo, nadie a quien darle explicaciones. El insurreccionalista mantiene una relación mucho más cercana con sus enemigos que con sus amigos, ya que es vulnerable frente a la policía, pero inmune frente al proletariado. Para él no existe nada parecido a un movimiento que a duras penas trata de afirmarse y que sólo puede afirmarse, de hecho, constituyéndose como movimiento social. Nada como una comunidad que debe ser construida sobre bases más amplias que las simples afinidades personales, y que llegado el caso tendrá que saber imponer sus propias condiciones minimizando el enfrentamiento con los esbirros, al suprimir de raíz el poder político y económico que les alimenta.

La ideología de la organización, por otra parte, aunque no lo hace mejor, tiene al menos el mérito de preservar, bajo una densa capa de incomprensiones, el núcleo de lo que el movimiento comunista es en esencia. Fuera de eso, el organizacionismo (o “plataformismo” como algunos lo llaman evocando el célebre aparato de Archinoff) no pasa de ser la otra cara de la moneda del insurreccionalismo. Su énfasis obsesivo en las formas asociativas, que reclama el sentido de compromiso sin permitir jamás que se pregunte “¿compromiso con qué?”, es una coartada que le permite a los jefes hacer olvidar el contenido de la asociación que dirigen. O sea, para quitar de en medio el problema de fondo que consiste en saber para qué nos organizamos y actuamos juntos. Para los organizacionistas todo se reduce a un vulgar politiqueo: motivar a otros, seducirlos, agruparlos, movilizarlos, organizarlos… ¿para qué? Para seguir así indefinidamente, por supuesto, y que no se pregunte más.

Estar en condiciones de expresar los intereses comunes del proletariado, manteniendo siempre “el interés del movimiento enfocado en su conjunto” (tal como se afirma en el Manifiesto Comunista de 1847), pasa por sentir, pensar y actuar de acuerdo a la experiencia concreta de estar proletarizado y compartir esa experiencia con los demás. Sólo a partir de ese nivel concreto puede uno juzgar las posibilidades y límites del movimiento proletario en su conjunto, dándole una expresión directa y desmitificada a la lucha por sus intereses. Es así porque en ese nivel, si se escarba un poco, se descubre que los intereses de la clase proletaria en su conjunto coinciden con el interés personal de cada ser humano reducido a la proletarización e impedido de reconocerse a sí mismo en la colectividad. ¿Cuál es este interés? Dejar de ser proletario, desde luego, y llegar a reconocerse en una comunidad humana y material auténtica. Los vanguardistas de la organización o del ataque armado no entienden esto, porque ellos mismos no han reconocido en qué medida su propio interés personal es el interés de su clase. Se figuran en cambio que entre ellos y el resto de los proletarios hay un abismo, pues creen que realmente el interés de los proletarios es ver el mundial de fútbol o comprar el automóvil de moda, mientras que el de ellos es destruir el capitalismo. Pero por más que un proletario tenga anhelos consumistas o sea conformista en su vida diaria, su interés es igual al de todos los demás proletarios, pues tiene que ver con necesidades y conveniencias colectivas y objetivas. Que al proletario medio se le impida reconocer esa base de intereses objetivos es ciertamente un problema; pero jamás va a descubrir sus intereses de clase porque alguien más venga a organizarlo si él mismo no sintió la necesidad de organizarse para descubrirlos y defenderlos. Tampoco va a reconocer sus intereses de clase mientras los noticieros le informan de escaparates destrozados a bombazos por quién sabe quién, y quién sabe para qué. Esos intereses sólo se le pueden revelar a partir de su propia experiencia cotidiana, de sus relaciones con los demás, del empleo de su tiempo y de sus capacidades. Es allí donde cada cual puede actuar, sin seducciones ni manipulación, para hacer realidad una comunidad capaz de reanudar la revolución social.

Ésta es una verdad que, para los comunistas, no necesita ser demostrada. Los que no han logrado experimentar esta verdad concretamente, en sus relaciones cotidianas, sienten en cambio la necesidad de “organizar” a otros o de “despertarlos”, para que esos otros hagan lo que se supone que tienen que hacer. Ellos, organizadores o dinamiteros, creen que si los demás no se han organizado o no han “pasado al ataque”, es porque no se han dado cuenta de algo, algo que hay que hacerles ver organizándolos o impresionándolos con golpes noticiosos. Pero al actuar así sólo están canalizando su propia desconexión vital respecto a los intereses objetivos del proletariado, respecto a sus reales posibilidades de desarrollo y a sus límites actuales. Esa desconexión les lleva a identificarse con el proletariado, asumiendo que sus acciones son las adecuadas sólo porque las hacen en su nombre. Pero uno sólo puede identificarse y actuar en nombre de algo que no es uno mismo, algo que es otra cosa distinta de uno; desde esa posición exterior cualquier intento por definir los intereses de conjunto del proletariado y por defenderlos, parte de una falsedad fundamental. El hecho de que existan proletarios que asumen esta posición dice poco sobre su posición objetiva en la sociedad, pero mucho sobre su desclasamiento subjetivo. Aunque ellos mismos sean proletarios, sus actos no expresan el interés de conjunto del proletariado – que es auto-emanciparse de cualquier fuerza exterior a su propio ser – sino su propio interés privado: sueñan con separarse de su clase para volver a ella como salvadores.

La acción y la teoría que emana del proletariado mismo, en cambio, se manifiesta directamente como movimiento de superación de las condiciones dadas. Este movimiento no es exterior a la experiencia diaria de los proletarios en lucha por vivir, sino que tiene lugar en el seno de esa experiencia, en el suelo mismo de la sociedad de clases. Por más que en su desarrollo este movimiento encuentre inevitablemente la necesidad de la organización y del enfrentamiento, su razón de ser no es en absoluto “organizarse” ni “pasar al ataque”. Ésos son sólo momentos parciales, aspectos secundarios, seguramente inevitables en su devenir, pero que no lo definen. Lo que define al movimiento comunista del proletariado es que consiste ante todo en un movimiento de auto-superación radical e integral; es decir, un movimiento en que los proletarios se reapropian sus capacidades colectivas usándolas para transformar el mundo y la vida, de paso aboliéndose a sí mismos y a todas las clases. Una parte esencial de este movimiento es recuperar el sentido de interés social objetivo que el capitalismo ha denigrado por completo, así como el sentido de compromiso y responsabilidad con ese interés comunitario (“cum munis”). Los que quieren reducir este movimiento a una mera cuestión de “ataque armado”, sintiéndose libres para imponer sus propias condiciones a una comunidad ahogada en germen, son un obstáculo a superar; al igual que los que quieren reducirlo a una simple exigencia de “organización”, sin decir para qué exactamente proponen sus estructuras formales.