Nota de EL SOL ÁCRATA: Escrito extraído desde La Protesta Humana, periódico anarquista bonaerense editado desde el 13 de junio de 1897. El año 1904 simplifica su nombre a La Protesta para facilitar su difusión en los barrios de Buenos Aires. Este periódico sigue siendo editado en la actualidad.

Por R. Mella.

La ignorancia de unos y la mala fe de otros; la estultez burguesa y la truhanería gubernamental; indignidad de ciertos demócratas y de ciertos socialistas ha creado alrededor de los anarquistas y de sus ideas la más estupenda de las leyendas y la más caótica de las confusiones.

Para unos, los anarquistas son polizontes y agentes provocadores o locos y delincuentes; para otros, son soñadores inofensivos; para muchos, simples vividores sin pudor y sin vergüenza.

Las ideas apenas son reconocidas como tales, y las más de las gentes tienen por engendro nefasto del crimen y del encanallamiento.

Algunos hombres de sentido común y sobre todo de sentimientos honrados, nos hacen la justicia, no obstante, de reconocernos la beligerancia como luchadores por un gran ideal y de estudiar hasta encarecer nuestras aspiraciones sociales.
Y se da un fenómeno extraño. Dominada la falange de brutos y de tunantes que vocifera contra nosotros por la minoría honrada que nos busca y nos estudia, se ve a diario que aquellos que nos tildan de jesuitas, por ejemplo, son los primeros que solicitan nuestros trabajos o publican en sus periódicos libros y composiciones de anarquistas de otros países; que aquellos que se desatan en improperios contra la anarquía padecer la obsesión de esta idea y no pasa oportunidad sin que la saquen a plaza, demostrando con ello que, a su pesar, leen y releen nuestras pobres obras. Y algunos, en fin, burgueses hasta la médula, creen llegado el caso de lanzar contra nosotros a la masa socialista, acogiendo cariñosos a sus directores para que sirvan de contrapeso a la influencia creciente de esos desdichados locos que tienen la virtud de permanecer impasibles ante todas las acometidas.

Este estado de cosas, ha producido de cierto tiempo acá un sin número de ataques a las ideas y a los hombres, y no pasa día sin que algún mentecato lance a la publicidad cualquier sandía invención de su pobre intelecto. No hay, en fin, majadero que no se sienta llamado a despejar la incógnita de la infame anarquía.
Naturalmente, entre los anarquistas se ha producido también cierto movimiento de protesta y de indignación, y no faltan polémicas y contiendas por medio de la palabra hablada y de la palabra escrita. ¿Están justificadas? Creo que sí.

Más, no obstante, paréceme que ni valen tanto los mastuerzos que nos calumnias ni tampoco nuestros ideales que no merezca la pena de contemplar con perfecta calma el desatarse impetuoso de esas pobres gentes a quienes la anarquía quita el sueño y hasta el apetito. Paréceme que bien podríamos hacer de ellos el caso que la luna hace de los perros que la ladran, ó exclamar, compasivos, repitiendo una frase histórica: ¡Perdonadles, señor, que no saben lo que hacen!
Porque, bien meditado, nuestras aspiraciones se avienen mal con las artimañas de la política y de la prensa al uso; están muy por encima de los pugilatos de partido y de secta, de capilla y de dogma; superan con mucho a esas mezquinas luchan por alcanzar la ucaña del renombre, de la riqueza o del poder.

Pretendemos honradamente la posesión de la verdad y de la justicia, luchamos por el establecimiento de condiciones sociales equitativas, queremos libertad e igualdad para todo el mundo, y si bien propagamos principios generales de reconstitución social, somos espíritus abiertos á nuevas verdades y á nuevas ideas, ya que no nos encerramos en ningún dogma ni amojonamos la heredad del porvenir. ¿Qué tenemos, pues, que hacer ni qué ver con los alquimistas de la infusa ciencia de gobernar ni con los aspirantes a redentores del mundo, ni con los modernos gladiadores del circo del hambre y de la gloria?

Un poco de tolerancia compasiva para ellos; un mucho de tolerancia digna, serena y justa para los hombres honrados capaces de examinar y de respetar las ideas; esto será más equitativo y más provechoso para todos.

Si nos sale al paso una calumnia, deshagámosla exponiendo sencillamente nuestras ideas; si se nos injuria, respondamos con nuestra conducta levantada, a la luz del día, como entre purísimos y finos cristales, a las palabras vacías de sentido y a los denuestos groseros y a las insidias misérromas, opongamos razones de orden ideal y hechos, siempre hechos, de nuestra vida entera. Mientras no se nos pueda probar que somos ambiciosos, que tratamos de levantarnos sobre los lomos del buen pueblo, que corremos ansiosos tras una concejalía, una diputación o un ministerio; mientras por todos nuestros actos se vea que somos los servidores de una idea, sin aspiraciones de renombre de gloria o de dinero, bien podremos ser tolerantes y respetuosos hasta con nuestros detractores.

La tolerancia acaba allí donde empieza la ambición, la soberbia, el engaño, la vanidad. Ser sinceramente tolerante equivale a ser sinceramente anarquista.

La Protesta Humana, año V, N° 117, Buenos Aires, 6 de abril de 1901.

Publicado en El Sol Ácrata, Mayo de 2012 Año 1, N°3.