Manifestación de afiliados a la sección chilena de la IWW

Manifestación de afiliados a la sección chilena de la IWW

La Avenida Brasil se extendía como una serpiente enorme que arrastraba su cuerpo blanco y luminoso. A lo largo en interminable hilera los árboles mecían apenas sus ramazones mutiladas. Bajo el azul del cielo se agrupaba el puerto con sus calles curvas y estrechas, llenas de escombros y ruinas que se unían en un conjunto sombrío como un puño crispado que amenaza al mar. Las chimeneas se empinaban como escuálidos fantasmas que manchaban la inmensa claridad del cielo con espesas nubes de humo que retorciéndose se deshacían. El mar oscilaba lento y majestuoso. El puerto con su peculiar estruendo trabajaba las postreras horas del día; allí desplegaba toda la actividad de aquel hormiguero humano que bulla precipitado y jadeante.

… En todas partes y en todos los sentidos se excavaba la tierra y se removían los escombros, limpiando y reconstruyendo lo que un fenómeno destruyó. Se excavaba un cauce que desde el mar se remontaba a las quebradas como una ancha herida que partía el puerto y cuyos labios hinchados los formaban los escombros y la tierra húmeda oliente a gas. Abajo en el canal ancho y profundo transitaba una inmensa multitud de gañanes que se agitaban sudorosos haciendo temblar la tierra al romperles las entrañas, Arriba se escuchaba el monótono campanilleo de los tranvías y de las bocinas de los automóviles que pasaban rápidos haciendo estremecer el empinado corte que abría sus fauces de monstruo.

En lo más duro de la pesada y magna tarea en que todos confiados forzaban sus músculos arañando la tierra húmeda que se desmigajaba a sus pies; silencioso y traidor se desmoronó un borde que cerró la zanja como una boca hambrienta que engullese su bocado. Hubo un ruido sordo y subterráneo, un temblor, un sacudón como el último estertor de una vida. Luego una nube de polvo que asfixiaba y envolvía todo un ropaje de amargura trágica bastó para apagar la vida de un anónimo trabajador que sin un ¡ay! arrojó la cruel carga de su existencia mientras luchaba por el pan.

Un silencio doloroso dominaba, mientras callada la tierra molida se precipitaba rodando por las grietas. Aquella manada de obreros desfigurados por el cansancio y el sudor y oprimidos por una mole más inmensa de miseria y de dolor que aquella que veían sus ojos oprimir a un hermano, a un compañero de faenas, se agrupó absorta y espantada en torno al montón de escombros. Impulsados por un mismo deseo se precipitaron sobre el montón de tierra para arrancarle el hermano caído en la jornada.

Apartaron la tierra que lo aplastaba triturando su flaco y descarnado cuerpo y copiando sus rudas facciones hasta que apareció el rostro espantable, los ojos tintos en sangre, abiertos, vengadores. Se traducía en ellos una dura mirada, una protesta hacia la colectividad que encadena a vegetar en una miserable existencia llena de tormentos y sacrificios mientras ella se mofa en el placer lujurioso de orgías y lujos.

La boca estaba contraída en una mueca feroz de renegación de dolor. Todos acosados por una misma tristeza que les oprimía el alma y les hacia humedecer los ojos no saciaban sus pupilas de mirar aquel montón de despojos del trabajo.
Luego todos con la misma amargura pintada en sus semblantes tomaron con callado respeto aquellos tibios pingajos de carne humana. Aquel lacio cuerpo se descoyuntaba al levantarlo produciendo el crujir de los huesos quebrados y encerrados en aquella bolsa de piel. Lo tendieron a lo largo de la tierra mientras un vientecillo soplaba esparciendo el perfume salobre del mar que se entretuvo en agitar los despedazados harapos que lo cubrían. Era la victima obligada de toda obra, de toda faena, que pagaba con sangre el deseo de ganarse el pan.
Me alejé silencioso de allí mientras los automóviles ensordecían con sus bocinas cantando el lujo y la ostentación.

Por Armando Triviño.

Publicado en el periódico La Batalla, Santiago, segunda quincena de agosto de 1914.

Nota de EL SOL ÁCRATA: Armando Triviño fue un agitador anarquista chileno nacido en San Felipe el año 1898. Se acercó a los postulados anarquistas mientras cumplía el servicio militar, de ahí que sus compañeros de entonces lo trataran como el “Milico Triviño”. Famoso por su afiliación a la IWW, sufrió la persecución política hacia anarquistas y agitadores en general de los años 1919 y 1920. Colaboró en varios periódicos anarquistas del principios del siglo pasado, tales como La Batalla, El Sembrador, Acción Directa, El Surco entre otros. Para saber más de su historia, recomendamos el libro Armando Triviño: Wobblie. Hombres, ideas y problemas del anarquismo en los años veinte, de Victor Muñoz Cortés.